
Sin embargo, al entrar al día siguiente en el despacho del comisario Gutiérrez supo de inmediato que no tenía muchas posibilidades de que éste llegara a convertirse en un viejo amigo. El funcionario recordaba de forma irresistible un toro rabioso. Tenía la cabeza enorme y una cabellera engominada de un negro azulado. El rostro, rubicundo; la barba, corta y cortada en punta, tan oscura como el cabello, del que caía una especie de caracol sobre una frente maciza. Los ojos eran oscuros, de mirada desdeñosa y muy dominadora. Si a ello se añadía un tronco cuadrado que emergía de la mesa cubierta de papeles y unas manos impresionantes, se obtenía una imagen lo menos tranquilizadora posible para quien no tenía la conciencia tranquila.
Una vez que hubo observado con ojo crítico la alta y elegante figura masculina que estaba de pie ante él, el personaje, después de consultar una nota que enseguida tapó con su ancha mano, gruñó:
—¿Se llama usted… Morosini?
—Ese es mi apellido, en efecto —respondió Aldo, sentándose tranquilamente en una silla colocada delante de la mesa y estirando con cuidado la raya de los pantalones.
—No creo haberle ofrecido asiento.
—Un simple olvido por su parte, supongo —repuso el príncipe sin alterarse—. Pero ya estoy sentado. Si no me equivoco, desea hablar conmigo sobre el robo de que fue víctima la duquesa de Medinaceli anteayer en la Casa de Pilatos.
—Así es. Y estoy convencido de que tiene cosas muy interesantes que contarme.
Morosini alzó una ceja para mostrar su sorpresa.
—No sé cuáles, pero pregunte y trataré de contestarle.
