La marquesa los miró perderse entre la multitud.

—¡Será imbécil! —exclamó—. Hay que compadecer a las reinas por estar condenadas a vivir a diario con gente así. Éste ni siquiera tiene la disculpa de creerse don Quijote, como uno que yo conozco. Simplemente está afectado de cursilería

—¿Cursilería? ¿Qué es eso?

—Una especie de esnobismo. Ser cursi es ser pomposo, pretencioso, encopetado pero adoptando cierta actitud que sobrepasa el sentido burgués de la respetabilidad. Manrique pertenece a la alta nobleza, antigua pero sin mucha educación, de modo que profesa una auténtica devoción a todo lo que lleva corona ducal, principesca o, por supuesto, real.

—¡La mía no ha parecido impresionarle mucho!

—Porque es usted extranjero. El hidalgo más insignificante vale para él más que un lord inglés o un príncipe francés. Y estos últimos, todavía, porque no olvida que nuestros reyes son Borbones. Y ahora, puesto que es mi vecino de mesa, ofrézcame el brazo y vayamos a cenar, si no acabará por llamar la atención.

A las doce y media, Aldo estaba de vuelta en el Andalucía Palace, lo suficientemente cerca del Alcázar para que resultara agradable regresar a pie disfrutando de una hermosa noche de primavera.

Lo que lo esperaba en la casilla del correo no lo era tanto: el comisario de policía Gutiérrez lo convocaba a la mañana siguiente a las diez. Por lo que parecía, estaba escrito en su destino que debería tener tratos con la policía en todas sus estancias en el extranjero: después de París, Londres; después de Londres, Salzburgo; y ahora Sevilla. Sin contar, por supuesto, la de su propio país.

«Algún día escribiré una monografía comparada», pensó mientras se metía con gusto en la cama. Esa convocatoria no le preocupaba: ¿acaso no había dicho doña Ana que las autoridades deseaban hablar con todos los invitados? Además, ¿no habían llegado a convertirse algunas de sus relaciones con la policía en sólida amistad, como la que unía a su amigo Adalbert y a él con Gordon Warren, de Scotland Yard?



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