—¿No aprovechará para huir? ¿Me da su palabra?

Morosini le dedicó una sonrisa burlona.

—Se la doy con mucho gusto, si es que la palabra de un… ladrón representa algo para usted. No se preocupe: mañana seguiré estando aquí. No soy de los que se escabullen ante una acusación y tengo intención de llegar hasta el final de este asunto antes de volver a mi casa.

Después de pronunciar estas palabras, se despidió con desenvoltura y salió.

Sin apresurarse, fue a la residencia real totalmente decidido a no decirle a la reina ni una palabra acerca de sus dificultades con la policía. Presentó sus disculpas por no acompañar a su majestad durante el viaje de vuelta, alegando un irresistible deseo de quedarse algún tiempo más en Andalucía. A cambio, recibió la garantía de que siempre sería recibido con sumo placer, tanto en Madrid como fuera de la capital, y a continuación se despidió. Doña Isabel, a quien ese deseo de quedarse en Sevilla resultaba un tanto sorprendente, lo acompañó hasta la salida de los aposentos reales.

Cuando una mujer inteligente quiere saber algo, en general consigue averiguarlo. En este caso, además, Aldo no tenía ningún motivo para ocultarle la verdad.

—¿Lo acusan de robo? —dijo con indignación—. ¿A usted? ¡Pero eso es un disparate!

—Tiene su explicación: ha sido cosa de Don Basilio.

Ese hombre me detesta, debe de pensar que tengo algo contra su querido retrato y hace lo posible para librarse de mí. Actúa en buena lid…, sobre todo si cree sinceramente que soy culpable.

—¿Por qué no le ha dicho nada a su majestad?

—¡Ni pensarlo! Quiero cuidar mi imagen, y las relaciones con los alguaciles siempre dejan una pequeña sombra. Además, me gusta solucionar mis asuntos yo mismo.



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