—Está loco, amigo. Se expone a tener encima a ese tal Gutiérrez un montón de semanas. Puede perfectamente mandarlo a pudrirse en la cárcel hasta que encuentren el cuadro.

—¿Y qué pasa con los derechos de las personas?

—¿Los derechos? Recuerde que esto no queda lejos de África y que el tiempo no cuenta. En serio, si después de ese careo el comisario pretende retenerlo, exija que se informe a Madrid. De todas formas, voy a dar instrucciones al mayordomo que se ocupa de nuestra casa de Sevilla. Confío plenamente en él. Estará atento y, llegado el caso, me avisará.

Morosini le cogió una mano a la joven y se la acercó a los labios.

—Es usted una buena amiga. Gracias.

Después de despedirse de doña Isabel, se dirigió hacia la catedral vecina, imponente y hermosa bajo el sol matinal. Allí, por más que buscó en todas las puertas del monumento, no vio por ninguna parte el blusón rojo de su mendigo. En cierto sentido, valía más así, a fin de evitar que el policía encargado de vigilarlo se hiciera preguntas. Como no tenía otra cosa que hacer, Aldo decidió pasearlo. Para ofrecerle un ejemplo edificante, entró a rezar una oración en la catedral y luego se dirigió tranquilamente a la calle Sierpes, donde estaba prohibida la circulación de vehículos y que era el centro neurálgico de la ciudad. Allí abundaban los cafés, los restaurantes, los casinos y los clubes donde, detrás de amplios ventanales, los hombres acomodados de Sevilla se solazaban tomando bebidas frescas, fumando enormes puros y contemplando la animación de la ciudad. En vista de que era más de la una de la tarde, Morosini decidió ir a comer y entró en Calvillo para degustar el famoso gazpacho andaluz, unos langostinos a la plancha y mazapán, todo regado con un Rioja blanco que resultó excelente. No se podía decir lo mismo del café, tan denso que casi podía mascarse y que tuvo que ayudar a bajar bebiendo un gran vaso de agua. Tras de eso, considerando que su ángel de la guarda merecía un poco de descanso, decidió echar una siestecita, como todo el mundo, y regresó al agradable fresco del Andalucía. Su vigilante podría elegir entre los sillones del gran vestíbulo y las palmeras del jardín.



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