
—¡Ni se le ocurra hacerlo! El pobre chico se ha limitado a decir la verdad. Me vio salir; Estaba cruzando el patio principal con una bandeja cargada de copas y le pregunté el nombre de una dama a la que sólo veía yo. Él no vio a nadie.
—Y el comisario ha sacado la conclusión de que usted intentaba distraer su atención a fin de permitir a un o una cómplice salir con el retrato.
—¿Es eso lo que cree? Podría habérmelo dicho. En cualquier caso, es ridículo. —Aldo rió—. ¿Cómo habría podido distraer su atención señalándole a una dama a la que él no veía y que…
Se interrumpió; un criado más imponente que un ministro acababa de presentarse con las bebidas. Morosini aceptó un dedo de jerez y su anfitriona optó por lo mismo. Después, tan silenciosamente como había surgido de entre unos naranjos en flor, el hombre se esfumó.
La duquesa hizo girar por un instante la copa entre sus dedos.
—¿Puede describirme a esa mujer?
—Desde luego. Y también puedo decirle hasta dónde la seguí. Pero… temo que me tome por loco, doña Ana.
—Hable, por favor.
La duquesa escuchó tranquilamente, sin hacer ningún comentario y sin mostrarse sorprendida. Luego dijo con la mayor naturalidad del mundo:
—Algunos afirman que aparece aquí todos los años en la misma fecha. Yo nunca la he visto, porque sólo se aparece a los hombres.
—Entonces, ¿la conoce?
—Todos los sevillanos conocen la historia de la Susona. Está grabada en la memoria colectiva. Mi suegro aseguraba que la había visto, y también uno de nuestros mayordomos, al que encontraron una mañana vagando por las calles totalmente privado de razón. Dicen que viene aquí por el retrato de la reina, pero sobre todo por el rubí que lleva al cuello. A lo mejor es la responsable del robo del cuadro.
