Una camisa blanca con cuello de pajarita y una corbata de seda en tonos grises y azules completaron un atuendo perfecto para visitar a una dama a última hora de la tarde. Una rápida mirada a un espejo le mostró que su espesa y morena cabellera empezaba a encanecer en las sienes, pero ese detalle no le preocupó. Al fin y al cabo, le sentaba bien a su piel mate, tensada sobre una osamenta de una arrogante nobleza, y a sus ojos azul acero, en los que a menudo chispeaba la ironía.

Tranquilo sobre su aspecto físico, cogió un sombrero y unos guantes y llamó a recepción por el teléfono interior para pedir un coche ante el que, al cabo de un momento, se abrió la verja de la Casa de Pilatos.

Encontró a la señora de la casa en el jardín. Ataviada con un vestido de crespón rojo oscuro y luciendo un collar de perlas de varias vueltas, lo esperaba sentada en un gran sillón de mimbre, junto a una mesa sobre la que había algunos refrescos. Morosini observó que parecía nerviosa, ansiosa incluso; no obstante, respondió a su besamanos con una encantadora sonrisa.

—Ha sido muy amable viniendo, príncipe. Ver de nuevo este palacio no debe de causarle un placer infinito.

—¿Por qué no? Es una fiesta para los ojos —repuso Aldo en tono cordial, dejando que su mirada vagara por la jungla florida y perfumada de uno de esos jardines que constituyen una de las más bellas manifestaciones del espíritu andaluz.

—Sin duda, pero en él suceden cosas desagradables. No sé cómo expresarle lo confusa y disgustada que me siento por que se hayan atrevido a involucrarlo en este desagradable asunto del cuadro robado. Debería haber venido a contármelo de inmediato. De no ser por doña Isabel, aún no me habría enterado.

—Ah, ha sido ella quien…

—Sí, ha sido ella… Esa acusación es ridícula. No nos conocemos mucho, pero su reputación habla en su favor. Hay que estar mal de la cabeza, como ese pobre Fuente Salada, para tomarla con usted. En cuanto a ese majadero que afirma que lo vio perseguir a una dama que no existía, voy a despedirlo…



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