
Nunca dejamos de invitarlo, pero esta vez la reina ha llegado al mismo tiempo que él.
—Me ha sorprendido que no formara parte del séquito real. Me han dicho que era chambelán.
—De la reina María Cristina, la madre del rey y viuda de Alfonso XII. Vive retirada en Madrid, y el título de chambelán ya ha quedado prácticamente desprovisto de funciones. Además, creo que a su majestad le parecía fastidioso.
Con una puntualidad militar, Gutiérrez hizo su entrada en el minuto exacto que se le había indicado, saludó como correspondía y se sentó en el borde del asiento que le ofrecían, no sin lanzar a Morosini una mirada cargada de sobreentendidos; saltaba a la vista que no le hacía ninguna gracia encontrarlo allí. Y todavía le hizo menos cuando la anfitriona tomó la palabra.
—Señor comisario, le he pedido que venga a verme para evitar que continúe avanzando por un camino equivocado —dijo, dirigiendo al policía una de esas sonrisas a las que resulta difícil resistirse—. Estoy en condiciones de asegurarle que el príncipe Morosini, aquí presente, no tiene nada que ver con el daño que hemos sufrido.
—Le ruego que me perdone si me permito contradecirla, señora duquesa, pero los hechos y testimonios que he podido recoger no dicen mucho a favor de… su protegido.
La palabra había sido desafortunada. Doña Ana frunció su noble entrecejo.
—Yo no protejo a nadie, señor. Resulta que un incidente absolutamente fortuito me ha puesto en condiciones de ofrecerle un testimonio irrefutable. Mientras estábamos cenando, la marquesa de Las Marismas vino a pedir a su majestad la reina autorización para que el príncipe Morosini, que padecía un acceso de neuralgia, se retirara. A continuación, pidió un coche y mandó que lo llevaran a su hotel. Un rato más tarde, le rogué a mi secretaria, doña Inés Aviero, que fuera a buscarme un chal, y así lo hizo. Pues bien, doña Inés es tajante: el retrato estaba en su sitio cuando ella pasó por delante de él.
