—Quizá no se dio cuenta. Cuando se está acostumbrado a ver un objeto día tras día, esas cosas pasan.

—A doña Inés, no. Ella se fija en todo y no pasa ningún detalle por alto. Usted mismo podrá preguntárselo; voy a hacer que la llamen.

—Si está segura del hecho, ¿por qué no dijo nada cuando interrogué a su personal?

—Usted no se lo preguntó —respondió la duquesa con una lógica implacable—. Además, fue al quedarnos solas ayer por la noche cuando doña Inés, después de haber reflexionado, me dijo que estaba segura de haber visto el retrato de la reina alrededor de la una de la mañana. Puesto que el príncipe nos dejó hacia las doce y media, saque usted mismo la conclusión.

El tono, que no admitía réplica, era de los que un modesto comisario, ante una de las damas más importantes de España, no podía permitirse poner en duda, pero era evidente que ganas no le faltaban. Sentado en su silla, replegado sobre sí mismo, la cabeza de toro hundida entre los hombros macizos, parecía incapaz de decidirse a levantar el asedio. Doña Ana, compadeciéndose de él y para darle tiempo de digerir su decepción, añadió, súbitamente afable:

—Tenga la bondad de informar al marqués de Fuente Salada de lo que acabo de decirle.

Gutiérrez se estremeció, como si despertara de un sueño, y no sin esfuerzo se puso en pie.

—De todas formas, el señor marqués no hubiera venido mañana. Acabo de pasar por casa de su primo, donde se aloja cuando viene a Sevilla, y me han dicho que ya se ha marchado.

—¡Cómo! —se indignó la duquesa—. ¿Lanza una acusación gratuita y se marcha? Esa es la mejor prueba de que lo movía el rencor y de que se trataba de simple maldad.

—Yo me inclinaría más bien por el simple ahorro —sugirió el comisario, empeñado en defender a un hombre tan valioso—. Ha pensado que, si aprovechaba el tren real para volver a Madrid, el viaje no le costaría nada.



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