
El efecto fue milagroso. Al cabo de un momento, Aldo se encontraba en la calle con la dirección y los deseos de que tuviera un buen viaje. No tuvo más que ir a consultar la guía de ferrocarriles y reservar una plaza en el tren de Medina del Campo, con el que, por la línea de Salamanca a Valladolid, acabaría llegando a Tordesillas. Lo que, a causa de unos horarios caprichosos, representaba un viaje de largo recorrido para menos de doscientos kilómetros.
El trayecto a través de los desiertos de tierra y granito de Castilla la Vieja fue monótono. Hacía mucho calor y el cielo de un azul blanquecino se extendía abrasando los pueblos y los caminos, que parecían errar en busca de las pocas casas dispersas por los valles y las alturas de una sierra deprimente. Al llegar a Tordesillas después de haber soportado una elevada temperatura, Morosini, cubierto de polvo y de carbonilla, se sentía sucio y de mal humor. Tenía que necesitar de verdad los conocimientos de ese viejo loco para seguirlo hasta esa pequeña ciudad gris, extendida sobre una colina desde la que se dominaba el Duero. No quedaba nada del sombrío castillo en el que, durante cuarenta y seis años, una reina de España, secuestrada por la voluntad de un padre despiadado y luego de un hijo que aún lo era más, había vivido la larga pesadilla en la que alternaban la desesperación y la locura. Los descendientes habían preferido derribar aquel testigo de piedra.
Desde el punto de vista del turismo, era una lástima. La presencia del castillo habría atraído a las masas y justificado la existencia de un hotel decente en aquella pequeña ciudad de cuatro o cinco mil habitantes. El establecimiento en el que se instaló Aldo no era digno ni de una cabeza de partido francesa: el recién llegado se encontró con una especie de celda monacal encalada y un olor de aceite rancio que no decían mucho en favor de la cocina de la casa. En tales condiciones, no había que alargar la estancia. Debía ver a Fuente Salada cuanto antes.
