—Dios le guarde, príncipe.

Una vez fuera, Morosini se preguntó cómo podía saber su título el mendigo, pero no se entretuvo en averiguarlo. Al igual que Simón Aronov, ese demonio de hombre parecía poseer un servicio de información que funcionaba de maravilla.

3. La noche de Tordesillas


En Madrid, igual que en París o en Londres, Aldo Morosini sólo conocía un hotel: el Ritz. Había escogido estos establecimientos fundados por un suizo genial porque apreciaba su estilo, su elegancia, su cocina, su bodega y cierto arte de vivir que, ligeramente adaptado a cada ciudad, no dejaba de establecer una relación indiscutible entre los tres y permitía al viajero, por más exigente que fuera, sentirse siempre en ellos como en su casa.

En esta ocasión, sin embargo, sólo se quedó veinticuatro horas, justo el tiempo necesario para que el recepcionista le diera la dirección del palacio de la reina María Cristina, ex archiduquesa de Austria, para ir a preguntar por el marqués de Fuente Salada y para enterarse de que éste se había marchado nada más llegar a la residencia real, donde lo esperaba un telegrama reclamando su presencia en Tordesillas. Su esposa estaba enferma.

Aquello fue una sorpresa para Aldo, quien no imaginaba que ese viejo bandido enamorado de una reina que llevaba muerta casi cinco siglos tuviera una esposa, pero la dama de honor asmática y coja que había recibido al veneciano aseguró, alzando los ojos al cielo, que era uno de los mejores matrimonios bendecidos por el Señor.

Con todo, no olvidó preguntar la razón por la que un caballero extranjero deseaba ver al personaje más xenófobo del reino. Pero la respuesta estaba preparada: deseaba hablar con él sobre un hecho nuevo, un detalle descubierto por un historiador francés y relativo a la estancia de la reina Juana y su esposo en la residencia del rey Luis XII en Amboise el año de gracia de 1501.



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