Aquella casa debía de datar de la época de los Reyes Católicos y la decoración interior seguramente no había cambiado mucho desde entonces. Lo dejaron en una sala para acceder a la cual había tenido que bajar dos escalones y cuya bóveda estaba sostenida por pesados pilares. Los únicos muebles eran dos bancos de roble negro con respaldo, pegados a la pared y enfrentados. De repente, Morosini sintió frío, como sucede al entrar en el locutorio de algunos conventos particularmente austeros.

La mujer regresó al cabo de un momento. Don Basilio la acompañaba, pero su sonrisa atenta se transformó en una horrible mueca cuando reconoció al visitante.

—¿Usted? ¿De parte de la reina?… ¡Esto es una traición! ¡Salga de aquí!

—Ni hablar. No he hecho todo este camino con un calor abrasador por el simple placer de saludarlo. Tengo que hablar con usted…, y de cosas importantes. En cuanto a la reina, sabe perfectamente que tenemos muy buenas relaciones; la marquesa de Las Marismas, que me ha dado su dirección, podrá confirmárselo.

—¿No lo han metido en la cárcel?

—No ha sido porque usted no haya hecho lo necesario para que acabara ahí… Pero ¿no podríamos hablar en un sitio más acogedor? Y sobre todo a solas.

—Venga —dijo el otro de mala gana, después de haber hecho una seña indicando a la sirvienta que se retirara.

Si bien el vestíbulo era de una sobriedad monacal, la cosa era muy distinta en la sala donde fue introducido el visitante. Fuente Salada la había convertido en una especie de santuario dedicado a la memoria de su princesa: entre las banderas de Castilla, de Aragón, de las diferentes provincias que componían España y de las tres órdenes de caballería, una alta cátedra de madera labrada estaba dispuesta sobre un estrado con tres escalones y bajo un dosel de tela con los colores reales. Sobre ese trono improvisado estaba colgado un retrato de Juana: un simple grabado en blanco y negro.



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