En la pared de enfrente, levantada en piedra que no se había considerado necesario cubrir con argamasa ni enlucir con cal, un gran crucifijo de ébano extendía sus brazos descarnados, y en los dos lados de la sala una fila de escabeles estaba dispuesta de forma simétrica, cada uno bajo el escudo del noble que supuestamente ocupaba ese lugar los días de Gran Consejo. El conjunto resultaba bastante impresionante, y esa impresión aumentó cuando el marqués, al cruzar la estancia para ir hasta otra puerta, flexionó brevemente la rodilla delante del trono. Cortésmente, Morosini hizo lo mismo, lo que le valió la primera mirada de aprobación de su anfitrión.

—Este asiento —explicó este último— no ha sido escogido al azar. «Ella» se sentó en él. Procede de la Casa del Cordón, en Burgos, y probablemente sea mi más preciado tesoro. ¡Pasemos a mi despacho!

La palabra «leonera» era la más adecuada para designar aquel cuarto estrecho y asfixiante pese a la ventana abierta a un cielo que palidecía y a los murmullos del anochecer. Alrededor de una mesa de madera encerada con patas de hierro forjado, cubierta de papeles y de un batiburrillo de plumas, lápices y objetos al parecer sin destino, los libros apilados en el suelo embaldosado dificultaban la circulación. El marqués sacó de entre los montones un taburete, que ofreció a su visitante antes de llegar a su sillón, que tenía grandes clavos de bronce y estaba tapizado en una piel que en otro tiempo había sido roja. Era una pieza interesante, según juzgó el ojo experto del anticuario, y seguramente tan antigua como la propia casa. Se trataba, en cualquier caso, de una base sólida sobre la que su propietario se sentía estable, como atestiguaban sus manos firmemente apoyadas en los reposabrazos. La mirada había perdido ya todo rastro de amabilidad.

—Bien, hablemos, puesto que se empeña en hacerlo, pero hablemos deprisa. No puedo dedicarle mucho tiempo.



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