No fue una buena operación financiera, desde luego. Los reyes suelen hacerse de rogar para abrir la cartera, sobre todo si se trata de comprar lo que consideran que les pertenece, y el español no constituía una excepción: fingió creer que era un presente, besó al veneciano en las dos mejillas, le concedió la orden de Isabel II con una emoción que incluso hizo correr una lágrima a lo largo de su imponente nariz borbónica y lo admitió definitivamente «en su intimidad». En otras palabras, Morosini fue tratado como amigo, acompañó al rey en algunas de las locas carreras que le gustaba realizar con los potentes coches que le chiflaban y, sobre todo, fue con él a cazar, lo que le permitió constatar que Alfonso XIII tenía una vista de lince y era increíblemente rápido disparando. Cazando al vuelo con tres escopetas y dos «cargadores», Su Católica Majestad conseguía con frecuencia dar en cinco blancos de cinco: dos delante, dos detrás y el quinto en cualquier dirección. ¡Asombroso! Era sin lugar a dudas el mejor tirador de Europa. Después de una semana disfrutando de tales privilegios, no podía presentar una factura como si fuese un simple tendero. En consecuencia, Aldo dio la copa por perdida y se fue a Sevilla con Victoria Eugenia, dichoso de volver a ver a los Medinaceli y la Casa de Pilatos, una de las residencias más bonitas erigidas bajo el cielo de España.

Construida en estilo mudéjar pese a haberse empezado a fines del siglo XV, la Casa encerraba entre sus severos muros dos exuberantes jardines con fuentes, diversos edificios, un patio principal y otro más pequeño, magnífico —donde estaba el cantante—, galerías caladas y una decoración mudéjar en la que los azulejos ocupaban un amplio lugar. Un poco excesivo para el gusto de Morosini, que no apreciaba sobremanera semejante derroche de esas placas de cerámica con dibujos y colores variados. No obstante, el conjunto poseía un encanto indiscutible.



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