
En cuanto al nombre, si ese palacio de sultán llevaba el del famosísimo procurador de Judea, se lo debía a don Fadrique Enríquez de Ribeira, primer marqués de Tarifa, que después de efectuar un viaje a Tierra Santa quiso que su casa se pareciera a la de Pilatos. Una leyenda tal vez, pero que había persistido, y durante la Semana Santa el palacio se convertía todos los años en el punto de partida de una especie de «vía dolorosa» que serpenteaba a través de Sevilla, cuya parte medieval hay que reconocer que se asemeja a Jerusalén, con sus casas blancas cerradas sobre sí mismas, sus jardines secretos y sus patios inundados de sombra.
Entre frenéticos aplausos, cantante y guitarrista se habían retirado tras haber tenido el honor de ser presentados a su reina. Morosini aprovechó la circunstancia para retroceder discretamente entre los asistentes, pues le pareció un momento propicio para ir a contemplar más de cerca un cuadro colgado en un saloncito de las estancias de invierno que sólo había entrevisto.
Con el sigilo que permitían las finas suelas de sus zapatos de charol, subió la escalera, que se elevaba en anchos tramos por un hueco revestido de azulejos de color en un estilo mudéjar adaptado al gusto del Renacimiento, y llegó a la habitación que buscaba, pero se detuvo en el umbral haciendo un mohín de decepción: alguien había tenido la misma idea que él y estaba ante el retrato, el de esa reina de España que llamaban Juana la Loca y que era la madre de Carlos V.
Obra del maestro de La leyenda de la Magdalena, era un encantador retrato pintado cuando la hija de los Reyes Católicos era muy joven y una de las princesas más bellas de Europa. El terrible amor que la conduciría a las puertas de la locura aún no se había apoderado de ella. En cuanto a la mujer que estaba allí y cuyas manos acariciaban el marco, su silueta ofrecía una curiosa similitud con la del cuadro, seguramente porque iba peinada y vestida de la misma forma, la que se estilaba en el siglo XV.
