—Perdone, señor, pero yo no veo a nadie.

Instintivamente, apartaba un poco la bandeja, convencido de que ese elegante personaje con frac (Morosini no se disfrazaba nunca) ya no se hallaba en su estado normal.

—¿No la ve? —dijo Aldo, desconcertado—. Es una mujer preciosa, vestida de terciopelo púrpura… Y mire, hace un gesto con la mano…

—Le aseguro que no hay nadie —repuso el criado, súbitamente asustado—, pero, si le hace señas, debe seguirla… Le ruego que me disculpe…

Tras estas palabras, se marchó como una exhalación haciendo equilibrios con la bandeja, cuyas copas entrechocaban como dientes castañeteando. Morosini se encogió de hombros y volvió la cabeza: la mujer seguía allí y le hacía señas de nuevo. Aldo no lo dudó ni un segundo: si había misterio, era demasiado atrayente para desentenderse de él. Se dirigió hacia el porche en el momento mismo en que la desconocida lo cruzaba. Por un instante creyó que la había perdido, pero se había limitado a doblar una esquina y de pronto la vio parada junto a una fuente, desde donde repitió su gesto de invitación antes de adentrarse en un dédalo de calles y plazas. Sevilla no obedecía a ningún plan; sus palacios, sus casas y sus jardines, cuyo verde intenso contrastaba con el blanco puro, el ocre de las construcciones y el rosa claro de los tejados, se hallaban distribuidos sin orden ni concierto. Salvo en las horas más calurosas, la ciudad rebosaba de una vida exuberante que la noche no apagaba. Su terciopelo azul salpicado de estrellas devolvía aquí o allá el eco de una guitarra, una canción tarareada, risas o el chasquido alegre de las castañuelas en alguna posada.

La mujer de rojo continuaba avanzando de forma tan caprichosa que Morosini, completamente perdido, se preguntó si no estaría tratando de despistarlo quizá volviendo sobre sus pasos; porque, ¿acaso no había visto ya esa palmera solitaria asomando por encima de la tapia de un jardín? ¿Y esa delicada reja de hierro forjado en una ventana a cuyo pie crecían rosas?



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