Morosini pensó que se trataba de una excéntrica, puesto que esa noche el tema escogido era Goya. Con todo, llevaba ropa suntuosa: tanto el vestido como el tocado, de terciopelo púrpura bordado en oro, eran prendas dignas de una princesa. La propia mujer parecía joven y bonita.

Acercándose sin hacer ruido, Aldo vio que sus largas manos, de una extraordinaria blancura, abandonaban el marco para tocar la joya que Juana llevaba en el cuello, un ancho medallón de oro cincelado alrededor de un gran rubí cabujón. Lo acariciaban, y al observador le pareció oír un gemido. Esa alhaja era lo que el príncipe anticuario quería examinar más de cerca, pues por su forma y su tamaño le recordaba otras piedras.

Intrigadísimo, decidió abordar a la desconocida, pero esta vez ella lo oyó y volvió hacia él uno de los rostros más bellos que Morosini hubiera visto jamás: un óvalo blanco, perfecto, y unos ojos de una profundidad insondable, enormes y oscuros, tan grandes que casi parecía que la mujer llevara una máscara. Y esos ojos estaban anegados de lágrimas.

—Señora… —dijo Aldo.

No pudo seguir: con un gesto de sobresalto, la mujer escapó hacia las sombras acumuladas al fondo de la estancia poco iluminada. Fue tan rápida que pareció fundirse en ellas, pero Morosini salió enseguida tras ella. Al llegar a la escalera, la vio parada hacia la mitad, como si lo esperara.

—¡No se vaya! —le rogó—. Sólo quiero hablar con usted.

Ella, sin contestar, continuó bajando los peldaños, cruzó el patio principal y se detuvo de nuevo junto a la portalada. Aldo se dirigió a uno de los sirvientes que se dirigía hacia el otro patio con una bandeja cargada de copas de champán.

—¿Conoce a esa dama? —le preguntó.

—¿Qué dama, señor?

—La que está allí, junto a la entrada, con ese espléndido vestido rojo y oro.

El hombre miró al príncipe como compadeciéndolo.



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