
Sin embargo, no había sido ésa la razón principal para que hubiese accedido de buen grado a sacudirse el polvo de Londres de los talones.
Durante los últimos meses la vida en la ciudad ya no le interesaba del mismo modo que antes. Clubes, teatros, cenas y bailes, veladas y reuniones selectas, los dandis y aristócratas o las arrogantes matronas felices de dar la bienvenida en sus camas a un caballero atractivo, rico y bien educado, ya no captaban su interés.
Cuando había comenzado a salir de juerga, poco después de que Phyllida, su hermana gemela, se hubiera casado con Lucifer, aquel tipo de vida había sido su único objetivo. Con los ancestrales e innatos atributos que poseía y la nueva relación familiar con Lucifer, miembro de la familia Cynster, no le había resultado demasiado difícil conseguir todo aquello que deseaba. Sin embargo, tras lograr su objetivo y codearse con los aristócratas durante varios años, había descubierto que en esa etapa dorada de su vida se sentía extrañamente vacío.
Insatisfecho. Frustrado.
Un hombre sin ningún tipo de compromiso.
Había estado más que dispuesto a regresar a su casa en Devon y asumir el control de Grange y la hacienda mientras su padre partía apresuradamente hacia Norfolk para ayudar a Eliza que pasaba por momentos difíciles.
Se había preguntado si la vida en Devon también le resultaría vacía y carente de objetivos. En el fondo de su mente le rondaba la pregunta de si aquel profundo hastío se debía a su vida social o, más preocupante aún, si era el síntoma de un profundo malestar interior.
A los pocos días de regresar a Grange, había logrado, por lo menos, resolver esa duda en cuestión. De repente, su vida estaba llena de propósitos. No había tenido ni un momento ubre. Siempre había un desafío o cualquier otra cosa reclamando su atención, exigiendo que se pusiera en acción. Desde que regresó a casa y se despidió de su padre, apenas tuvo tiempo para pensar.
