
Ella se encogió de hombros ligeramente.
– Fui a… -Hizo una pausa como si estuviera considerando la respuesta, luego se corrigió-. Nosotros, mis hermanos y yo, sólo estábamos de paso. -Su mirada vaciló y bajó la vista a las manos con las que apretaba suavemente el bolsito-. Hemos estado viajando durante el verano, pero ya es hora de que nos establezcamos.
Jonas juraría, sin temor a equivocarse, que aquello era mentira. No habían estado viajando durante el verano pero, si la juzgaba bien, sí era cierto que tenía a varios hermanos a su cargo. Ella sabía que él descubriría la existencia de su familia si obtenía el trabajo, así que había sido sincera en ese punto.
La razón por la que ella quería el trabajo de posadera irrumpió en la mente de Jonas, confirmando sus sospechas a medida que evaluaba con rapidez el vestido -sencillo, pero de buena calidad-usado.
– ¿Hermanos menores?
Ella levantó la cabeza, mirándole con atención.
– En efecto -repuso; luego vaciló antes de preguntar-: ¿Es un problema? Nunca lo fue. No son bebés. Las más jóvenes tienen… doce años.
El último titubeo fue tan leve que él sólo lo percibió porque la estaba escuchando con atención mientras la observaba. No tenían doce, sino algo menos, tal vez diez.
– ¿Y sus padres?
– Hace muchos años que murieron.
Aquello también era verdad. Cada vez tenía más claro por qué Emily Beauregard quería el puesto de posadera. Pero…
Jonas suspiró y se inclinó hacia delante. Apoyó ambos antebrazos en el escritorio y entrelazó las manos.
– Señorita Beauregard…
– Señor Tallent.
Sorprendido por el tono tajante, él se interrumpió y alzó la vista a la brillante mirada color avellana.
Una vez que captó toda su atención, ella continuó:
– Creo que estamos perdiendo demasiado tiempo andándonos con rodeos. Lo cierto es que usted necesita un posadero con urgencia, y aquí estoy yo, más que dispuesta a aceptar el trabajo.
