
– Para serle sincero, señorita Beauregard, no había considerado ofrecerle el puesto a una mujer, y mucho menos a una tan joven como usted.
Por un momento, ella simplemente se lo quedó mirando, luego respiró hondo y alzó la cabeza un poco más. Con la barbilla en alto, le sostuvo la mirada con firmeza.
– Pues para serle sincera, señor Tallent, le eché un vistazo a la posada de camino hacia aquí y observé que las contraventanas necesitan una mano de pintura, y el interior parece no haber sido limpiado adecuadamente al menos en los últimos cinco años. Ninguna mujer que se precie se sentaría en ese salón, pero es la única área pública que hay. No hay servicio de cocina y no se ofrece alojamiento. En resumen, en estos momentos, la posada no es más que una taberna. Si de verdad se encarga de la hacienda de su padre, tendrá que reconocer que, como inversión, Red Bells no produce en la actualidad los beneficios que debería.
Lo dijo con voz agradable y en un tono perfectamente modulado. Pero, al igual que su rostro, las palabras ocultaban una fuerza subyacente, un filo coreante.
Ella ladeó la cabeza sin apartar la mirada de la de él.
– ¿Me equivoco al suponer que la posada lleva sin gerente algunos meses?
El apretó los labios y le dio la razón.
– En realidad, varios meses. Muchos meses.
– Supongo que le gustaría que todo volviera a funcionar perfectamente tan pronto como sea posible. En especial cuando no hay otra taberna ni lugar de reunión en el pueblo. Los lugareños también deben de estar deseosos de que la posada vuelva a funcionar a pleno rendimiento.
¿Por qué Jonas se sentía como si fuera una oveja directa al matadero?
Había llegado el momento de recuperar el control de la entrevista y averiguar lo que quería saber.
– ¿Podría decirme, señorita Beauregard, qué es lo que la ha traído a Colyton?
– Vi una copia de su anuncio en la posada de Axminster.
– ¿Y qué la llevó a Axminster?
