Puede que le resultara un poco desconcertante, pero aun así lo consideraba un hombre honorable.

Sacó la nota doblada de Tallent del bolsito y la blandió para atraer la atención de sus hermanos.

– Tengo que entregarle esto al encargado de la taberna. Se llama Edgar Hills. La otra persona que trabaja en la posada aparte de él es el mozo de cuadra, John Ostler. Ahora… -Lanzó una mirada penetrante a las gemelas-espero que os comportéis bien mientras arreglo las cosas.

Las gemelas se sentaron obedientemente en un banco al lado de Issy que le lanzó una sonrisa irónica. Henry se sentó también en silencio y observó cómo, con el bolso en la mano, Em se dirigía al mostrador del bar,

Edgar Hills levantó la mirada cuando ella se acercó, con una leve expresión de curiosidad en la cara. Había oído las exclamaciones y los gritos de alegría de las gemelas, pero no había podido escuchar nada más. La saludó cortésmente con la cabeza cuando ella se detuvo ante la barra.

– Señorita.

Em sonrió.

– Soy la señorita Beauregard. -Le tendió el mensaje de Tallent por encima de la barra-. Estoy aquí para hacerme cargo de la posada.

Em no se sorprendió demasiado cuando él recibió las noticias con una mezcla de alegría y alivio. A su manera, suave y tranquila, le dio la bienvenida a ella y a sus hermanos a la posada, sonriendo ante el entusiasmo de las gemelas. Luego les enseñó el edificio antes de ofrecerse a subir los baúles y las maletas al ático.

Las siguientes horas estuvieron cargadas de alegría y buen humor, un final, a fin de cuentas, mucho más radiante y feliz de lo que Em jamás habría soñado. Las habitaciones del ático eran perfectas para sus hermanos. Issy Henry y las gemelas se las repartieron de manera equitativa y con una sorprendente buena disposición. Parecía el lugar ideal para todos.



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