Em arqueó las cejas sin apartar la vista del camino. A él no le sorprendió cuando ella hizo hincapié en el meollo de la cuestión.

– Crear esa compañía fue la manera de conseguir el equilibrio, pero se ha convertido en mucho más.

Era una declaración, no una pregunta. La señorita Beauregard parecía asumir el concepto… y aprobarlo.

Tanto mejor. Ante ellos apareció el portón de la rectoría. Jonas lo abrió y dio un paso atrás, indicándoles a Emily y a Henry que siguieran el camino antes de atravesar él mismo la puerta y volver a poner el pasador.

Em observó la rectoría que estaba a unos metros de ellos.

– ¿Cómo es el señor Filing? ¿Qué edad tiene?

– Es algo mayor que yo, de unos treinta y pocos. Es un hombre sensato con una educación excelente. Nos sentimos afortunados de tenerlo aquí. Más o menos heredó el puesto. Descubrió que le gustaba el pueblo y se quedó.

Tallent dirigió su respuesta más para Henry que para ella. El muchacho asintió con la cabeza, agradeciendo la información. Tallent miró al chico con curiosidad, sin duda haciendo conjeturas sobre qué tema tenían que hablar con el párroco, pero no hizo ningún comentario ni preguntó nada al respecto.

Por supuesto, dado que subía los escalones del porche de la rectoría detrás de ellos, lo sabría enseguida.

Ante un gesto de Em, Henry tiró del cordón de la campanilla.

La puerta se abrió con rapidez, dejando claro que el hombre que los recibió les había visto subir.

Em se encontró mirando unos bondadosos ojos azules que destacaban en una cara agradable, pálida y bien conformada. Filing -Em supuso que debía de ser él-era un poco más alto que la media, aunque no tanto como Tallent, y también era un poco menos fornido que éste. Tenía el pelo castaño y, tanto el cabello como la ropa -una chaqueta gris y un chaleco claro sobre unos pantalones color café-, estaban escrupulosamente limpios, al más puro estilo conservador de cualquier clérigo.



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