El asintió con la cabeza.

– De hecho, hay bastantes casas importantes. Ballyclose Manor es la más grande. Está en la carretera que lleva a la iglesia. Es propiedad de sir Cedric Fortemain. Además, tenemos Highgate, propiedad de sir Basil Smollet, situada un poco más allá de la rectoría. Supongo que también deberíamos agregar Dottswood Farm a la lista. Aunque no es una mansión como las otras, es el hogar de una familia muy numerosa.

Jonas la miró a los ojos.

– Ésas son las que hay dentro de los límites del pueblo. Si nos alejamos un poco más, encontramos más propiedades importantes, pero las tres que he mencionado son, por así decirlo, parte de la vida del pueblo. Todas esas haciendas consideran Colyton como su pueblo.

Ella asintió con la cabeza.

– A eso me refería. Esa es la gente a la que debemos atraer en primer lugar. -Y una de esas propiedades sería probablemente «la casa más alta, la casa de las alturas» donde se ocultaba el tesoro Colyton.

Ballyclose Manor parecía el lugar más apropiado en el que iniciar su búsqueda. Estaba tentada a pedirle más datos sobre la propiedad o que le confirmara que la familia Fortemain, o quienquiera que viviese en Ballyclose, había sido el alma de las tertulias del pueblo hacía tiempo, pero justo en ese momento aparecieron ante sus ojos los primeros tejados de las casas que se alineaban a ambos lados de la carretera.

– Seaton. -Mientras refrenaba a los caballos, Jonas se felicitó mentalmente por haber logrado permanecer sentado junto a la esbelta señorita Emily Beauregard durante casi media hora sin provocar ninguna reacción helada por su parte y, aún mejor, por haber conseguido que ella comenzara a bajar las defensas que había erigido contra él.

Seguían allí, pero no tan fortificadas corno al principio. Aún le quedaba un buen reto por delante.



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