Tallent asintió con la cabeza mientras le lanzaba una breve mirada de reojo.

– No tengo dudas de que conocerá a Phyllida muy pronto. A estas alturas ya debe de saber que usted ha aceptado el puesto de posadera, y estoy seguro de que irá a la posada a presentarse en cuanto su prole le deje un minuto libre.

– ¿Su prole?

– Lucifer y ella tienen dos hijos. Dos duendecillos bulliciosos y revoltosos que absorben gran cantidad del tiempo de Phyllida. Y todavía será peor, porque espera otro hijo.

Em no permitió que le afectara el tono cariñoso con el que habló de su hermana y sus sobrinos.

– ¿Sólo tiene esa hermana? -preguntó finalmente.

Él le dirigió una mirada traviesa.

– Nuestros padres siempre dijeron que con dos era más que suficiente.

– ¿Usted no opina lo mismo? -le preguntó impulsada por la curiosidad.

Tallent no respondió de inmediato. Em llegó a preguntarse si iba a hacerlo o no cuando finalmente él dijo:

– No todos tenemos la suerte de pertenecer a una familia numerosa.

La joven miró hacia delante, pensando en su propia familia, y no vio ninguna razón para discutir sobre aquella concisa declaración.

Ahora que por fin se había roto el hielo, ella esperó a que él comenzara a interrogarla, pero en vez de eso continuaron viajando en esa tarde otoñal sumidos en un extraño y agradable silencio. Los pájaros trinaban y levantaban el vuelo a su paso; el olor salobre de la brisa marina se hizo más pronunciado a medida que alcanzaban la cima de la última cuesta, que luego descendía suavemente hasta el borde de un acantilado.

A pesar de las últimas distracciones, la búsqueda del tesoro que la había [levado a Colyton jamás abandonaba la mente de Em por completo. Cuando Tallent puso los caballos al trote para bajar la cuesta, ella le miró a los ojos.

– Hábleme sobre el pueblo. He oído hablar sobre Colyton Manor y Grange, pero ¿hay más propiedades importantes en los alrededores? ¿Casas donde resida gente que podría llegar a convertirse en cliente de la posada?



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