Luego recuperó de golpe todos los sentidos y sintió que ardía, cómo su corazón volvía a la vida y comenzaba a latir de manera desenfrenada.

Seguía agarrándola por la cintura con los dedos flexionados.

Cuando ella tomó aliento, sus pechos se apretaron contra su torso.

Fue entonces cuando él se percató de que al tener aquellas cálidas y suaves curvas apretadas tentadoramente contra su cuerpo había ocurrido lo inevitable.

Pero luego se recordó que no quería ponerla nerviosa ni que se escabullera de él.

Apretando los dientes, se obligó a dejar caer los brazos y a dar un paso atrás, poniendo distancia entre ellos. Ella inspiró temblorosamente.

– Lo siento.

«Yo no.» Pero se mordió la lengua antes de lograr gruñir:

– No importa. -Los modales acudieron en su auxilio-. ¿Se encuentra bien?

«¡No!» Sus sentidos estaban revueltos y se le había quedado la mente en blanco. Sin embargo, Em asintió con la cabeza con las mejillas encendidas. No quería pensar en qué debía parecer. Todavía sentía el calor del cuerpo del señor Tallent contra el suyo, en cada uno de los puntos en los que se habían tocado, y era una sensación profundamente inquietante.

Se sentía desconcertada. Respiró hondo, intentando que la cabeza dejara de darle vueltas. Se giró y observó el almacén del que salía un hombre mayor justo en ese momento.

– Ése es Finch.

Em se tensó, esperando sentir los dedos de Tallent en el codo. Pero él sólo la miró de reojo y luego hizo un gesto con la mano, indicándole que avanzara y colocándose a su lado mientras ella se acercaba al hombre.

El alivio de la joven desapareció cuando le lanzó una rápida mirada. El sabía que la afectaba, lo que no era de ninguna manera reconfortante.

El se aclaró la garganta y le presentó a Finch.

Em obligó a su mente a concentrarse en Finch y en la razón por la que ella había ido allí -poner en orden parte de su agenda del día-, para lograr sobrevivir a la siguiente hora en un estado razonable.



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