
Sin embargo, después de una larga visita al almacén seguida por discusiones sobre entregas y pedidos, llegó finalmente el momento de regresar a Colyton. Lo que quería decir que tenía que volver a subirse al cabriolé de Jonas Tallent.
Algo que ella no lograría hacer, y menos delante de caballeros, sin ayuda.
Pero el mero pensamiento de tener que volver a tomarle de la mano, de sentir sus dedos entre los suyos, hacía que un ardiente hormigueo de ansiedad le subiera por los brazos.
Finch los acompañó a la puerta del almacén, feliz por los pedidos realizados. Em se había esforzado en encandilar al hombre y sabía que había tenido éxito. El comerciante le sonreía encantado mientras le estrechaba la mano.
Ella le devolvió la sonrisa.
– Señor Finch, si no es mucha molestia, ¿podría ayudarme a subir al cabriolé? No puedo hacerlo sola. -Miró al patio y vio que el chico se esforzaba por sujetar a los revividos e impacientes caballos, por lo que añadió suavemente-: Los alazanes del señor Tallent son muy inquietos y necesitan que alguien los sujete.
– Por supuesto, por supuesto, mi querida señorita Beauregard. -Finch le cogió la mano-. Por aquí, tenga cuidado, hay algunos agujeros en el suelo.
Ella caminó con precaución al lado del comerciante. Una vez que la hubo ayudado a subir al pescante, Em lanzó una breve mirada en dirección a Tallent.
Y se encontró con una mirada sombría. Él tenía los labios apretados en una línea tensa y los ojos entrecerrados.
Pero no dijo nada mientras cogía las riendas de las manos del mozo, subía al cabriolé y se sentaba a su lado.
Em volvió a sonreírle al señor Finch, su involuntario salvador.
– Gracias, señor. Espero recibir mañana esos suministros.
– ¡A primera hora! -le aseguró Finch-. Enviaré al mozo con la carreta en cuanto despunte el día.
Tallent saludó a Finch con el látigo. El comerciante inclinó la cabeza mientras el cabriolé se ponía en marcha y traqueteaba por el patio. Tallent abandonó el recinto con habilidad. Los caballos adoptaron con rapidez su paso habitual.
