Le molestó que ella sintiera la necesidad de mostrarse tan cautelosa, tan recelosa con los caballeros, en especial con él. Olía a pérdida de inocencia, no en el sentido bíblico, sino en un sentido práctico y cotidiano, lo que consideraba algo lamentable.

¿Cómo, dónde y por qué había sido sometida a atenciones no deseadas? No lo sabía, pero por alguna razón que no podía comprender, se sentía impulsado a conocer las respuestas.

Se sentía impulsado a ¿qué? ¿A defenderla?

Para su gran sorpresa, no pudo ni quiso descartar esa idea ni, mucho menos, el sentimiento que la acompañaba.

Algo que, al igual que ella, le hacía mostrarse sumamente cauteloso.

Siguió mirando el camino, con la voz agradable y casi musical de la señorita Beauregard llenándole los oídos, preguntándose qué era lo que debía hacer a continuación.

Preguntándose qué era lo que deseaba de verdad.

Preguntándose cómo conseguirlo.

Para cuando aparecieron ante ellos las primeras casas de Colyton, Jonas había tomado una decisión.

Tenía que averiguar mucho más sobre la señorita Beauregard. Tenía que obtener respuestas. Tenía que conocer sus secretos.

Ella, por supuesto, se resistiría a revelarlos.

Pero Jonas sabía que podía inquietarla y ponerla nerviosa sí se aprovechaba de la atracción física que había entre ellos.

Además, no quería que dejara de ser su posadera. Dada la firmeza de sus defensas y la fuerza de voluntad que percibía en ella, sabía que si la presionaba demasiado, ella no dudaría en hacer las maletas y marcharse.

Y que abandonara Colyton era algo que, definitivamente, él no quería.

Condujo el cabriolé al patio de Red Bells y detuvo los caballos. Se bajó del vehículo de un salto y clavó una mirada en la joven, desafilándola a que intentara bajar de nuevo sin su ayuda.



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