Había un cierto reto, una extraña emoción, en sortear con éxito la verdad.

– La taberna de Wylands era preciosa. -Ella continuó hablando de su supuesto trabajo, inventando todo lo que se le ocurría para pasar el tiempo.

Jonas dejó de escucharla. Sabía que las referencias eran falsas, así que los recuerdos que le relataban eran ficticios también, puras fantasías. Pero ella le había revelado más de lo que él esperaba.

Recordó sus conversaciones y observó que ella no había reaccionado cuando mencionó a los Cynster. La señorita Beauregard no los conocía, lo que sugería que jamás se había movido en la alta sociedad. Además, estaba el hecho de que su padre había asistido a Pembroke College, lo que le daba una clara idea de a qué estrato social pertenecía la joven. Y acababa de decirle que procedían de York. Pensó que eso sí era cierto.

Y si ella no había estado presente en la crianza de las gemelas, significaba que su padre había muerto cuando las niñas eran muy pequeñas, entre siete y diez años antes. Y desde entonces, ella había sido la cabeza de familia. Eso resultaba evidente por la manera en que hablaba de sus hermanos, y en la actitud que había tenido con Henry, y éste con ella.

La miró de reojo. Todavía seguía hablando sobre la posada de Wylands. Al volver la mirada al frente, se preguntó sobre la edad de la joven. Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años. Como mucho veintiséis, dado eme la otra hermana tenía veintitrés. Pero mostraba una madurez, que la hacía parecer mayor, adquirida sin duda por haber tenido que cuidar de sus hermanos desde muy temprana edad. Eso y… que definitivamente tenía experiencia en mantener a los caballeros a raya.

Las defensas que había erigido contra él eran fruto de la práctica. Estaba demasiado en guardia, demasiado consciente de lo que podía ocurrir en cualquier momento.



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