
– ¿Puedo invitarte a una copa? -preguntó. Era un buen comienzo, aunque algo tópico.
– Champán -dijo Darcy.
Aquella noche había pedido champán. De modo que era así como quería llevarlo… exactamente igual que cinco años atrás.
– ¿Celebras algo?
Ella rió con suavidad, como si se sintiera complacida de que recordara las palabras que había empleado la primera vez que se conocieron.
– No lo sé. No se me ocurre nada que celebrar.
– ¿Qué te parece conocerme? -preguntó.
La frase había soñado refinada hacía cinco años, pero en ese instante sólo sonaba como algo sexual.
Ella se mordió el labio inferior, divertida.
– ¿Eso llega a funcionar con las mujeres?
– Solía hacerlo -se volvió hacia el camarero-. ¿Me puede servir una botella de su mejor champán y dos copas? -volvió a centrar la atención en Darcy. Dos líneas finas de preocupación empañaban su frente y tenía las manos juntas ante ella, tan tensas que los dedos se veían blancos.
El camarero regresó, sirvió las dos copas y luego dejó la botella en una cubitera de plata grabada con el logo del Delaford.
– Dime, ¿qué haces aquí sola?
– No estoy sola -Darcy alzó su copa. El cristal sonó suavemente al entrechocarlo con delicadeza con la copa de él.
De pronto, Kel no pudo recordar qué iba a continuación. ¿Le había preguntado qué hacia en San Francisco? ¿O habían hablado de sus trabajos?
Aunque no importaba. El juego que jugaban sólo era un medio para un fin.
– ¿Te gustaría irte de aquí?
Darcy se puso de pie, tomó su copa y fue hacia la puerta.
Kel firmó con rapidez la cuenta y luego tomó la botella y su copa con una mano.
– Lo consideraré un «sí» -musitó.
La alcanzó justo fuera del bar y caminó en silencio junto a ella por el vestíbulo hasta el ascensor. El deseo le recorrió las venas al aguardar que las puertas se abrieran. Entonces, puso la mano en la cintura de ella y la guió al interior.
