
– Ha sido un placer conocerte, Darcy Scott -dijo él antes de robarle otro beso-. Espero que veamos mucho más el uno del otro.
Darcy retrocedió despacio, incapaz de quitarle los ojos de encima. Permaneció como una boba en mitad del pasillo hasta que él entró en la suite y cerró la puerta. Entonces, sus rodillas casi cedieron y se llevó los dedos a los labios. Seguían húmedos.
– ¿Qué estoy haciendo? -murmuró.
No tuvo respuesta a esa pregunta, pero no pareció importar. Deseaba a Kel Martin más allá de toda lógica. Quería que abriera la puerta, la arrastrara al interior de su habitación y la sedujera por completo.
– No, no, no -murmuró para sí misma-. Se supone que soy mayor y más lista.
Respiró hondo y regresó al ascensor.
Kel era exactamente como el chocolate. Quizá quisiera permitirse un pequeño mordisco, pero temía que eso condujera a una bacanal de una semana entera. Y después, anhelaría una dieta constante de Kel Martin.
Kel se sentó en el taburete y pidió un whisky. Luego centró su atención en el partido de baloncesto en el televisor que había encima del bar. Había disfrutado de una placentera y tranquila cena en el restaurante del hotel con la esperanza de volver a encontrarse con Darcy, pero ella no había aparecido.
– Gracias -le dijo al camarero cuando le puso la copa delante. El hombre asintió y luego se fue al extremo más alejado. Kel lo siguió con la mirada y descubrió a Darcy. En las sombras, al principio no había notado su presencia.
Sus ojos se encontraron y contuvo el aliento, con un nudo de expectación en el estómago. Lo había estado esperando, sabiendo que él la buscaría. Sin embargo, su expresión no animaba. Parecía como si pudiera huir en cualquier momento… o vomitar.
Bebió un sorbo de whisky y el licor fortaleció su coraje. Se puso de pie y fue hacia el final de la barra. Luego se sentó junto a ella. ¿Cómo se suponía que debía ir la situación? ¿Debía dedicar tiempo al coqueteo preliminar o ella esperaba que fuera directamente a la seducción?
