
En esta singular vivienda habiase instalado el Santo junto con un criado llamado Horacio.
A las nueve de la manana del tercer dia (el Santo sentia una profunda aversion a madrugar), el criado entro en el dormitorio de su amo llevando una taza de te y una jarra de agua caliente.
– Excelente manana, senor -dijo Horacio, retirandose.
Este habia hecho resaltar del mismo modo la excelencia de todas las mananas durante los ultimos ocho meses, no permitiendo jamas al tiempo que cambiara tan agradable costumbre.
El Santo bostezo, se desperezo como un gato y vio con ojos entornados que el sol entraba a raudales por el hueco de la pared que hacia las veces de ventana. Viendo que el optimismo de Horacio era esta vez justificado, Simon Templar suspiro, volvio a desperezarse y, tras un momento de indecision, salto de la cama. Se afeito rapidamente, bebiendo a sorbitos el te; luego se puso un traje de bano, y salio afuera, al sol, recogiendo de paso un trozo de cuerda. En la hierba, frente al torreon, se dedico durante quince minutos a hacer ejercicios de salto, luego boxeo durante cinco minutos con un enemigo invisible, al cabo de los cuales cogio una toalla, se la anudo al cuello, recorrio a saltos los doce metros que habia entre el torreon y el borde del risco y se descolgo como si tal cosa por el penasco. Era preciso bajar cincuenta metros, pero habia muchos salientes donde agarrarse; asi que pudo bajar por el acantilado con la misma facilidad con que bajaria por una escalera. El agua estaba en calma. Nado durante un cuarto de milla a una velocidad de carrera, se tumbo de espalda y regreso lentamente a la playa. Despues se quedo tendido en la arena, dejandose tostar por el sol.
