
En el portal de la casa flotaba el olor de siempre, que nunca acertaba a identificar, un olor tostado, a humo, un aliento llegado desde la infancia, si es que era la infancia el término idóneo para designar aquella primera década de penuria que él había soportado. Subió las escaleras con el paso de un hombre que asciende al cadalso, los zapatos empapados y rechinantes. Había llegado al primer piso cuando oyó que una puerta se abría en el rellano. Se detuvo y suspiró.
– Terrible escandalera la de anoche -gritó hacia lo alto el señor Poole con aire acusador-. No he pegado ojo.
Quirke se dio la vuelta. Poole estaba de perfil, apostado en la puerta entreabierta de su vivienda, ni dentro ni fuera, con su actitud de costumbre, una expresión a un tiempo truculenta y timorata. Era muy madrugador, en el supuesto de que alguna vez durmiese algo. Llevaba un jersey sin mangas y una pajarita, pantalón de mezclilla planchado con raya y unas babuchas grises. Parecía, según pensaba siempre Quirke, el padre de un piloto de aviación de los que tomaban parte en las películas sobre la batalla de Inglaterra, e incluso, aún mejor, el padre de la novia del piloto.
– Buen día, señor Poole -dijo Quirke con distante cortesía; a menudo, el vecino era fuente de un alivio pasajero, pero el humor de Quirke esa mañana no era el indicado.
En el ojo pálido, de gaviota, con que le miraba Poole, rebrilló un destello de venganza. Tenía una extraña forma de apretar de lado a lado la mandíbula inferior.
– Como lo oye, no hay señal de que la cosa mejore -dijo indignado. El resto de los pisos del inmueble, con la excepción del de Quirke, en la tercera planta, no estaban habitados, a pesar de lo cual Poole se quejaba con asiduidad de haber oído ruidos durante toda la noche-. Tremendo estrépito, a saber en qué andarán.
Quirke asintió.
– Terrible, sí. Yo he salido.
