
Poole miró al interior, a sus espaldas, y de nuevo miró a Quirke.
– Es la doña la que pone pegas, no yo -dijo, bajando la voz hasta no ser más que un susurro. Toda una novedad. La señora Poole, que rara vez se dejaba ver, era una persona diminuta, con ojos furtivos y asustados. Padecía, y Quirke lo sabía a ciencia cierta, una sordera profunda-. He expresado mis protestas. Espero que se tomen las medidas pertinentes, les dije.
– Bien hecho.
Poole entornó los ojos, receloso de la ironía.
– Veremos -dijo con tono de amenaza-. Ya veremos.
Quirke siguió subiendo las escaleras. Había llegado a la puerta de su piso antes de oír cómo Poole cerraba la suya.
Un aire frío le acogió con hostilidad en el cuarto de estar, donde la lluvia murmuraba contra las dos altas ventanas, reliquias de una época más próspera; sin que importase que el día fuese sombrío, siempre se llenaban de un silencio radiante, que a Quirke le resultaba misteriosamente descorazonados Abrió la tapa de una caja de plata que encontró en la repisa de la chimenea. Habitualmente la tenía llena de cigarrillos, pero esta vez estaba vacía. Hincó una rodilla en el suelo y no sin dificultad encendió la estufa de gas con la llamita de su mechero. Asqueado, reparó en su gabardina seca, arrojada sobre el respaldo de un sillón, donde había estado en todo momento. Se puso de pie demasiado deprisa y por un instante vio las estrellas. Cuando se le despejó la visión, se encontró frente a una fotografía con marco de carey que había en la repisa: Mal Griffin, Sarah, él mismo a los veinte años, y Delia, su futura esposa, riendo al apuntar con la raqueta hacia la cámara. Los cuatro llevaban calzado blanco para jugar al tenis y caminaban agarrados del brazo bajo el resplandor del sol. Con una leve sorpresa se dio cuenta de que no atinaba a recordar dónde se había tomado la fotografía. Supuso que en Boston, tuvo que ser Boston, aunque ¿habían jugado al tenis en Boston?
