El dolor de cabeza era en esos momentos muy intenso, un martilleo constante, difuso, en la base de la parte posterior del cráneo. Abrió el expediente. No reconoció la letra. No era ni la suya ni la de Sinclair ni la de Wilkins, y la firma era un garabato ilegible y pueril. La chica procedía del interior del país, de Wexford o Waterford, no pudo descifrarlo, pues la caligrafía era pésima. Había muerto por una embolia pulmonar; muy joven, pensó, para tener una embolia. Wilkins entró en el despacho tras él, haciendo rechinar las suelas de los zapatos. Era un protestante de orejas grandes y cabeza alargada, de unos treinta años, aunque tan desgarbado como un adolescente. Gastaba una cortesía infalible, excesiva, insufrible.

– Han traído esto para usted, señor Quirke -dijo, y dejó la pitillera de Quirke ante él, sobre la mesa. Tosió ligeramente-. La tenía una de las enfermeras.

– Ah -dijo Quirke-. Ya -los dos miraron impávidos la delgada caja de plata, como si contasen con que se moviera por sí sola. Quirke carraspeó-. ¿Qué enfermera?

– Ruttledge.

– Entiendo -el silencio parecía exigencia de una explicación-. Ayer noche hubo una fiesta allá arriba. Debí de olvidármela -tomó un cigarrillo de la pitillera y lo encendió-. Esta chica -dijo con voz enérgica, levantando el expediente-, esta mujer, la tal Christine Falls, ¿qué ha sido de ella?

– ¿Cómo dice que se llama, señor Quirke?

– Falls. Christine. Tuvo que llegar anoche en algún momento, y ahora no está. ¿Qué ha sido de ella?

– No lo sé, señor Quirke.

Quirke suspiró ante el expediente abierto. Ojalá, se dijo, no insistiera Wilkins en dirigirse a él llamándolo por su apellido de esa forma tan rastreramente obsequiosa siempre que le era requerido tomar la palabra.

– El impreso de salida, ¿dónde está?

Wilkins salió a la sala de cadáveres. Quirke rebuscó en el cajón, y esta vez sí encontró el frasco de las aspirinas. Quedaba una.



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