
– Han traído esto para usted, señor Quirke -dijo, y dejó la pitillera de Quirke ante él, sobre la mesa. Tosió ligeramente-. La tenía una de las enfermeras.
– Ah -dijo Quirke-. Ya -los dos miraron impávidos la delgada caja de plata, como si contasen con que se moviera por sí sola. Quirke carraspeó-. ¿Qué enfermera?
– Ruttledge.
– Entiendo -el silencio parecía exigencia de una explicación-. Ayer noche hubo una fiesta allá arriba. Debí de olvidármela -tomó un cigarrillo de la pitillera y lo encendió-. Esta chica -dijo con voz enérgica, levantando el expediente-, esta mujer, la tal Christine Falls, ¿qué ha sido de ella?
– ¿Cómo dice que se llama, señor Quirke?
– Falls. Christine. Tuvo que llegar anoche en algún momento, y ahora no está. ¿Qué ha sido de ella?
– No lo sé, señor Quirke.
Quirke suspiró ante el expediente abierto. Ojalá, se dijo, no insistiera Wilkins en dirigirse a él llamándolo por su apellido de esa forma tan rastreramente obsequiosa siempre que le era requerido tomar la palabra.
– El impreso de salida, ¿dónde está?
Wilkins salió a la sala de cadáveres. Quirke rebuscó en el cajón, y esta vez sí encontró el frasco de las aspirinas. Quedaba una.
