Se volvió para colgar la gabardina y el sombrero, y Sinclair sonrió mirando a Wilkins, a la vez que se llevaba un vaso invisible a los labios e imitaba el gesto de dar un trago largo. Sinclair, un individuo picarón, con la nariz como una hoz y un cabello negro, rizado, brillante, que le caía sobre la frente, era el cómico del departamento. Quirke se sirvió un vaso de agua en uno de los fregaderos de acero que se alineaban a lo largo de la pared, tras la mesa de disección, para llevarlo con cautela, aunque no con buen pulso, a la mesa de su despacho. Estaba buscando el frasco de aspirinas en el cajón desordenado de la mesa, preguntándose como siempre cómo se podían haber acumulado allí dentro tantas cosas, cuando descubrió la pluma de Mal sobre el secante. No tenía el capuchón puesto, y en el tajo se veían manchitas de tinta seca. Era poco habitual que Mal se olvidara de su preciada pluma, y menos aún sin ponerle el capuchón. Quirke se quedó de pie con el ceño fruncido, avanzando a tientas entre la bruma del alcohol para remontarse al momento en que a primera hora del día había sorprendido a Mal allí mismo. La presencia de la pluma demostraba que no había sido un sueño, si bien algo no terminaba de encajar en la escena tal como él la recordaba; había algo aún más raro, recelaba, que el mero hecho de que Mal estuviera allí sentado, en su mesa, donde no tenía derecho a estar, durante la guardia nocturna.

Quirke se volvió y se dirigió a la sala de los cadáveres, hacia donde se encontraba la camilla de Christine Falls, y retiró la mortaja. Confió en que los dos ayudantes no se hubieran dado cuenta del respingo que dio al verse ante el cadáver de una anciana medio calva y bigotuda, cuyos párpados no estaban cerrados del todo, y los labios exangües y retirados en un rictus que dejaba al aire las puntas de unos dientes incongruentemente blancos, relucientes.

Regresó al despacho y tomó el expediente de Christine Falls del archivador antes de sentarse con él ante su mesa.



13 из 327