
Un coche negro y elegante avanzaba hacia el barco entre la muchedumbre que formaban los pasajeros. Se detuvo cuando aún se hallaba a diez metros de ella, y salió una mujer por la portezuela del copiloto con una bolsa de lona en la mano y un bulto envuelto con una manta en el hueco del brazo contrario. No era joven, rondaría tal vez los sesenta, pero iba vestida como si tuviera la mitad, con un traje gris de falda ceñida hasta la pantorrilla, ajustada a la cintura, una cierta barriga por debajo del cinturón y un sombrerito con velo azul que le cubría hasta la nariz. Echó a caminar sobre las losas con pasos desiguales por culpa de los zapatos de tacón, los labios pintados y fruncidos en una sonrisa. Tenía los ojos pequeños, negros, incisivos.
– ¿Señorita Ruttledge? -le dijo-. Me llamo Moran -su acento impostado era tan falso como todo en ella. Le entregó la bolsa-. Ahí están las cosas de la niña, con sus papeles. Entrégueselos al sobrecargo cuando embarque en Southampton, él está al corriente de quién es usted -examinó a Brenda más a fondo, con los ojillos entornados-. ¿Se encuentra usted bien? La noto un tanto paliducha.
Brenda dijo que estaba bien, que había trasnochado, nada más. La señorita Moran, o señora, o lo que fuera, esbozó un amago de sonrisa.
