
– La copita de despedida, ¿eh? -le entregó el bulto envuelto en la manta-. Aquí tiene. No se le vaya a caer, ¿eh? -rió brevemente, frunció el ceño y añadió-: Lo siento.
Lo primero que sorprendió a Brenda del bulto fue el calor: podría haber sido un carbón encendido y envuelto en la manta, sólo que era blando, y tenía movimiento propio. Cuando lo estrechó contra su pecho, algo en sus entrañas se removió como un pez.
– Oh -dijo, una pequeña exclamación de sorpresa, de contento consternado.
La mujer volvió a decirle algo, pero ella no la escuchó. Desde lo más profundo de los pliegues de la manta, un ojo diminuto, velado, la miraba con una expresión que parecía de desapasionado interés. Se le hizo un nudo en la garganta y temió que las muchas lágrimas que había derramado por la mañana volvieran a correr sin freno.
– Gracias -dijo. No se le ocurrió otra cosa que decir, aun sin saber muy bien a quién se las estaba dando, ni el porqué.
La tal Moran se encogió de hombros y sonrió de soslayo.
– Buena suerte -le dijo.
Volvió caminando deprisa al coche, repicando con los tacones altos, y cerró la portezuela.
– Bueno, pues queda hecho -dijo, y a través del parabrisas contempló a Brenda Ruttledge, que seguía de pie donde la había dejado, en medio del muelle, escrutando la abertura de la manta, la bolsa de lona olvidada a sus pies-. Mira qué pinta tiene -dijo con aspereza-. Convencida de ser la Virgen María.
El conductor no hizo ningún comentario y arrancó el coche.
I
1.
No eran los muertos los que a Quirke le parecían extraños. Eran más bien los vivos. Cuando entró en el depósito de cadáveres bien pasada la medianoche y vio allí a Malachy Griffin, tuvo un escalofrío profético, un temblor que presagiara las complicaciones inminentes. Mal se encontraba en el despacho de Quirke, sentado ante su mesa.
