
Quirke señaló hacia el techo.
– Hay una fiesta -dijo-. Arriba.
Mal adoptó su expresión de médico especialista y frunció el ceño con ademán imperioso.
– ¿Fiesta? ¿Qué fiesta?
– La de Brenda Ruttledge -dijo Quirke-. Una de las enfermeras. Su fiesta de despedida.
A Mal se le arrugó aún más el entrecejo.
– ¿Ruttledge?
Quirke de pronto se sintió invadido por el tedio. Preguntó a Mal si tenía un cigarrillo, pues no le pareció que a él le quedasen, pero Mal tampoco hizo caso de esta pregunta. Se puso en pie llevándose el expediente con gran agilidad, tratando de ocultarlo aún bajo el brazo. Aunque tuvo que forzar la vista, Quirke vio el nombre escrito en la cubierta con caligrafía grande: Christine Falls. La pluma de Mal estaba sobre la mesa, una Parker gruesa, negra, reluciente, con tajo de oro, sin duda, de veintidós quilates, e incluso alguno más si tal fuera posible. A Mal le gustaban los objetos caros, era una de sus contadas flaquezas.
– ¿Qué tal está Sarah? -preguntó Quirke. Se dejó caer con pesadez, hasta hallar con el hombro el apoyo de la jamba. Estaba aturdido, y todo cuanto veía parecía titilar y oscilar hacia la izquierda de golpe. Se encontraba en esa fase atribulada de la borrachera, sabedor de que no tenía nada que hacer hasta que empezaran a pasársele los efectos. Mal seguía de espaldas, colocando el expediente en uno de los cajones del alto archivador de metal grisáceo.
– Está bien -dijo Mal-. Estuvimos en una cena en los Caballeros. La mandé a casa en taxi.
– ¿En los Caballeros? -dijo Quirke, abriendo mucho los ojos enrojecidos.
Mal le devolvió una mirada impávida, con un destello en los cristales de las gafas.
– En St. Patrick. Como si no lo conocieras.
– Ah -dijo Quirke-. Ya -daba la impresión de que trataba de contener la risa-. De todos modos -dijo-, tú de mí no te preocupes. ¿Qué estabas haciendo tú aquí abajo, entre los difuntos?
