
Mal adoptó una curiosa manera de mirar con los ojos saltones, al tiempo que alzaba sinuosamente el cuerpo alargado, ñaco, como si atendiese a la flauta de un encantador de serpientes. Quirke se quedó pasmado, y no por vez primera, ante el lustre de su cabello, ante la lisura de la frente, ante el azul de acero impecable de sus ojos, tras los cristales blancuzcos de sus lentes.
– Tenía cosas que hacer -dijo Mal-. Una verificación.
– ¿De qué se trata?
Mal no respondió. Estudió a Quirke despacio y vio que estaba completamente borracho. Un frío destello de alivio asomó a sus ojos.
– Harías mejor si te fueses a casa -le dijo.
Quirke pensó en rebatirlo, pues el depósito de cadáveres era su territorio, pero de pronto perdió todo interés. Se encogió de hombros y, sin que Mal dejara de mirarlo, se dio la vuelta y salió entre las camillas en las que descansaban los cuerpos. A mitad de la sala tropezó y extendió la mano para no perder el equilibrio, pero tan sólo consiguió sujetarse a una mortaja, que se llevó con la mano en un destello de blancura susurrante. Le pasmó la frialdad viscosa del nailon; tenía un tacto humano, como si fuera una cogulla suelta y helada de piel exangüe. El cadáver era el de una mujer joven, delgada, rubia; había sido hermosa, pero la muerte le había robado los rasgos faciales, y, en ese momento, podría haber sido una estatua esculpida en jabón de sastre, primitiva y fofa. Algo, tal vez su instinto de patólogo, le dijo cuál iba a ser el nombre, y lo supo antes de ver la etiqueta atada al dedo gordo del pie. «Christine Falls -susurró para sí-. Christine cae… Y tanto que has caído: el apellido te sentaba como un guante». Mirándola más a fondo se fijó en que tenía las raíces del cabello oscuras en la línea de la frente y en las sienes: estaba muerta, y ni siquiera era rubia de verdad.
