– Policía. -Rick anunció su presencia. Oyó los cerrojos descorrerse y luego la puerta se abrió apenas unos centímetros-. Soy el agente Chandler -dijo, sin apartar la mano de la pistola como medida de precaución instintiva.

– Gracias a Dios. -Rick reconoció la voz de la propietaria de la casa-. Creía que no ibas a llegar nunca.

No le sorprendió el tono susurrante y apremiante de Lisa. A pesar de su conservadurismo de maestra, Lisa estaba loca por él. Ya se le había insinuado con anterioridad y, aunque Rick prefería pensar que no había llamado a la policía en vano, su voz seductora le había hecho apretar los dientes.

– ¿Has llamado porque necesitabas ayuda? -le preguntó.

La puerta se abrió de par en par. Rick entró con cautela porque Lisa seguía ocultándose tras la puerta de roble maciza.

– He llamado porque necesitaba a la policía. -Lisa cerró de un portazo-. He llamado porque te necesitaba.

El instinto le dijo que ya podía bajar la guardia y soltó la pistola. Al inhalar, se dio cuenta de que su presentimiento había sido acertado. Lo envolvió una fragancia intensa y todos sus mecanismos de defensa masculina se pusieron en marcha. Tosió, y lo que supuso que debía de ser un potente afrodisíaco, le provocó arcadas. Era potente, sin duda, pero la mujer que había llamado a la policía iba a llevarse un chasco. No estaba excitado y en lo único en que pensaba era en encender las luces.

Accionó el interruptor de la pared y, en ese preciso instante, vio a Lisa. Su aspecto debería haberlo sorprendido, pero supuso que estaba demasiado cansado debido a los recientes acontecimientos. La maestra normal y corriente se había transformado en una dominatriz. Desde las botas de cuero que le llegaban al muslo hasta el corpiño ceñido y sin tirantes, pasando por el pelo asalvajado. Su indumentaria pedía a gritos que la poseyera allí mismo, en el suelo, contra la pared, daba igual.

Rick meneó la cabeza. Aunque sabía la respuesta, se lo preguntó de todos modos.



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