– ¿Qué demonios pretendes?

Lisa apoyó el hombro en la pared y adoptó una postura sensual.

– Salta a la vista, ¿no? Has rechazado las ofertas de todas las mujeres del pueblo, incluida yo, pero pienso poner fin a eso. A pesar de mi trabajo y aspecto normal, puedo ser muy, pero que muy poco tradicional. -Le hizo señas con el dedo-. Vamos, te enseñaré los accesorios de que dispongo.

Rick a duras penas arqueó una ceja. Luego dejó escapar un suspiro, convencido de una cosa. Su entrometida madre, Raina, era la responsable de las insinuaciones nada sutiles y continuadas de Lisa.

Raina había dado a entender a todas las mujeres del pueblo que su hijo sólo sentaría cabeza si encontraba a alguien especial, alguien con quien no se aburriese. Lisa, al igual que muchas otras mujeres del pueblo, se había tomado las palabras de Raina al pie de la letra. Aunque su madre tenía razón al pensar que Rick apreciaba lo singular, se equivocaba al creer que volvería a casarse, y mucho menos tener hijos. Dada su experiencia pasada, su madre debería imaginárselo.

¿Por qué arriesgarse a que le destrocaran el corazón cuando podía disfrutar de un amplio abanico de mujeres sin salir malparado? Aunque su reputación de ligón estaba sobrevalorada, era cierto que disfrutaba de las mujeres. O así había sido hasta que todas las féminas de Yorkshire Falls se habían abalanzado como fieras hambrientas sobre su soltería.

– ¿Estás preparado para esposarme? -Lisa agitó unas esposas forradas de cuero.

En otro momento, en otro lugar, joder, con otra mujer, tal vez se habría sentido tentado, pero con Lisa no había química alguna y prefería su amistad a sus ardides femeninos. Se cruzó de brazos y le dijo lo que le había dicho las dos últimas veces que ella se le había insinuado, aunque no de forma tan descarada.

– Lo siento. No voy a picar.

Lisa parpadeó, con una repentina expresión de vulnerabilidad.



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