– Vale, lo haré yo por los dos. -Sonrió dejando entrever los dientes, y esas palabras borraron cualquier rastro de ternura que hubiese podido sentir.

– Ahora no, Lisa. -Se frotó las sienes doloridas-. Para ser sincero, ni ahora ni nunca. -No le fue fácil decirlo. Rick no quería herir los sentimientos de Lisa a pesar de su actitud agresiva. Al fin y al cabo, su madre le había educado para que se comportase como un caballero. Pero se apostaba lo que fuese a que ni siquiera Raina se había imaginado de lo que serían capaces las mujeres de Yorkshire Falls con tal de atrapar a Rick.

Si Lisa prefería el cuero a los encajes seguramente estaba curtida. Además, debía de saber que, con esa actitud tan descarada, se arriesgaba a que Rick la rechazara. Del mismo modo que Rick sabía que, si se ablandaba, corría el riesgo de que el episodio se repitiera. Le había ocurrido con anterioridad, no sólo con Lisa. Otras mujeres, otros ardides vergonzosos. Era el tercer intento de seducción en lo que iba de semana.

– Un día acertaré.

Rick lo dudaba. Se encaminó hacia la puerta, pero se volvió.

– Deberías recordar que es ilegal llamar a la policía si no se trata de una urgencia. -Tendría que poner un recordatorio en el periódico, pero ¿para qué desperdiciar árboles y tinta si las mujeres no iban a hacer el más mínimo caso? ¿Por qué iban a hacerlo cuando su madre quería nietos y le daba igual cuál de sus hijos fuera el primero en tenerlos?

– Ya nos veremos en el programa ERAD de formación para maestros sobre el uso indebido de drogas -le dijo Lisa antes de que Rick cerrara la puerta.

– Genial -farfulló él.

Una hora después, cuando su turno estaba a punto de acabar, Rick redactó un informe en el que omitió detalles específicos de su última actuación. A Lisa no le pasaría nada si explicaba que el incidente no había sido más que una falsa alarma. Sin embargo, esperaba que este último rechazo convenciera a la maestra de que no debía llamar a la policía por capricho.



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