
– No lo dudo.
Tras acompañar a Samantha a la puerta, Jack volvió a su mesa y se dijo que sólo un loco deseaba lo que sabía que no podía tener.
A Arnie también lo había atrapado, con la diferencia de que el pobre loco de los ordenadores soñaría con casarse con ella y él sólo la quería en su cama porque hacía mucho tiempo que había aprendido a concentrarse única y exclusivamente en lo físico, sin emociones ni sentimientos.
No merecía la pena entregar el corazón porque la gente que hablaba de amor pronto se olvidaba de sus promesas y se iba.
Cuando firmó el contrato de «casas para ejecutivos», Samantha no estaba muy segura de lo que había firmado, pero el ático que le dieron le sorprendió agradablemente pues tenía un espacioso salón con unas vistas preciosas, comedor, una cocina grande, un dormitorio con una cama enorme y vestidor.
El baño era una maravilla y Samantha ya había estrenado la fantástica bañera. También había un despacho con muy buena luz y conexión de alta velocidad a Internet.
Lo único malo era los colores, blancos neutros e impersonales, pero, de momento, tenía que servir. Era el doble de grande que su apartamento de Nueva York. Mientras miraba por la ventana y decidía qué se iba a preparar de cena, se dio cuenta de que se sentía a gusto en Chicago.
Sí, había sido una buena idea irse de Nueva York porque allí había demasiados recuerdos de Vance.
Sí, en Chicago se olvidaría de él y podría empezar de nuevo, podría…
En aquel momento llamaron a la puerta.
– ¿Jack? -se extrañó Samantha al mirar por la mirilla.
– He pensado que no tendrías nada de cena y te he traído comida china -contestó Jack desde el otro lado de la puerta-. También he traído vino. Te lo puedes tomar como una cena de bienvenida al edificio. ¿Te interesa?
