
– Me gusta.
– Me alegro.
Samantha sonrió y Jack sintió una descarga en la tripa.
Deseo.
– No hace falta que me vengas a rendir cuentas, ¿sabes? -le dijo intentando ignorar las punzadas que estaba sintiendo en la entrepierna-. Me fío de ti y de cómo manejas tu departamento.
– Ya lo sé, pero estamos hablando de grandes cambios.
– Para eso precisamente te he contratado.
– ¿De verdad confías tanto en mí?
– Por supuesto que sí.
– Vaya. Bueno, voy a hablar con mi equipo para ponernos manos a la obra y poder enseñaros una presentación cuanto antes.
– Muy bien. Quiero que sepas que yo trabajo así, hasta que una persona no la fastidia tiene mi total confianza y luz verde para hacer lo que quiera.
– Vaya, no eras así antes.
– ¿Ah, no?
– No, en la universidad eras mucho más rígido -le recordó Samantha con una gran sonrisa.
– Bueno, eso era porque tenía que estudiar mucho.
– Sí…
– Tú, sin embargo, apenas estudiabas y sacabas unas notas estupendas.
– Lista que es una.
– Desde luego… ¿Te acuerdas aquellas navidades que pasamos en un establo porque querías saber cómo era? -recordó Jack de repente.
– Sí -rió Samantha-. ¡Y tú no parabas de decirme que estábamos en mitad de Pensilvania en pleno invierno y no en Oriente Medio!
A pesar del intenso frío, lo habían pasado bien abrazados el uno al otro. Jack recordó que la deseaba con desesperación y temblaba más de excitación que de frío. A la mañana siguiente, la llevó al aeropuerto para que se reuniera con su madre para pasar el día de Navidad.
– Por cierto, ¿qué tal está tu madre?
– Murió hace tres años -contestó Samantha.
– Vaya, lo siento -dijo Jack sinceramente.
– Gracias. La echo de menos, ¿sabes? En fin, hacía tiempo que estaba enferma, así que no nos pilló por sorpresa. Pudimos despedirnos y eso nos hizo mucho bien a todos, a ella la primera -recordó-. Bueno, me voy -añadió recogiendo sus cosas-. Tengo muchas cosas que hacer. Ya verás, te va a encantar la presentación.
