– Hola, Jack -lo saludó estrechándole la mano-. Cuánto tiempo.

– Hola, Samantha. Me alegro de verte.

Jack se quedó mirándola tan intensamente que Samantha notó que el aire no le llegaba a los pulmones. Se preguntó si estaría pensando en lo que había habido entre ellos en el pasado o si la estaría estudiando como candidata al puesto vacante.

Samantha decidió que aquel juego podía ser cosa de dos y también se quedó mirándolo. Lo encontró más alto de lo que lo recordaba e igual de seguro de sí mismo. Le hubiera gustado poder pensar que eso era lo normal en una persona que había nacido con todo tipo de comodidades, pero tenía la sensación de que Jack habría sido así de todas maneras, aunque no hubiera nacido en un entorno privilegiado.

Aquel hombre había envejecido bien, el tiempo había sido benévolo con él y los rasgos de su rostro eran todavía más atractivos que diez años atrás. Samantha se preguntó si los que eran tan guapos no se aburrían de ver un rostro tan perfecto todas las mañanas en el espejo.

Mientras que Jack tenía una espalda ancha y una sonrisa que dejaba obnubilada a la mayoría de las féminas, Samantha tenía el pelo pelirrojo e indomable, un cuerpo muy delgado, pechos pequeños y un trasero huesudo.

No era justo.

– Por favor, siéntate -le indicó Jack.

– Gracias.

Tras esperar a que Samantha se sentara, Jack hizo lo mismo. Desde luego, el despacho le quedaba muy bien, pero Samantha sabía que no hacía mucho tiempo que lo ocupaba.

– Me enteré de la muerte de tu padre hace un par de meses. Lo siento -le dijo Samantha.

– Gracias -contestó Jack-. Por eso estoy trabajando aquí. Los consejeros delegados me pidieron que me hiciera cargo de la empresa durante un tiempo.

– Yo creía que estabas dedicándote al Derecho.

– Lo preferiría.

– Sin embargo, siempre se te dieron muy bien los negocios, tal y como demostraste en la carrera.



2 из 114