Y Samantha lo sabía muy bien porque siempre había habido entre ellos durante los estudios una competitividad por ser el primero de la clase. A menudo, habían trabajado juntos y habían formado un buen equipo pues Jack era del tipo al que no se le pasaba un detalle, muy puntilloso con la organización, mientras que ella se había encargado de la parte creativa de los proyectos.

– No me gusta nada el mundo empresarial. Prefiero la abogacía -confesó Jack.

Recordó el día en el que le había dicho a su padre que no iba a entrar en el negocio familiar. George Hanson se había quedado estupefacto, no podía entender que su primogénito no estuviera interesado en aprender cómo hacerse cargo de una empresa multimillonaria.

Se había enfadado muchísimo. Aquella vez había sido la única vez que Jack había hecho algo que no se esperaba de él. Era toda una ironía que hoy en día se encontrara exactamente en el lugar en el que su padre había querido verlo.

«No durante mucho tiempo», se recordó a sí mismo.

– Supongo que la muerte de tu padre cambiaría tus planes -comentó Samantha.

Jack asintió.

– He pedido una excedencia de tres meses en el bufete. Durante ese tiempo, estoy entregado en cuerpo y alma a Hanson Media Group.

– ¿Estás seguro de que no querrás seguir emulando a Donald Trump transcurrido ese tiempo?

– Yo no soy un hombre de negocios.

Aquello hizo sonreír a Samantha.

– Pues yo diría que tienes un gran potencial. Según dicen por ahí, has conseguido hacer cosas muy buenas.

– Es cierto. A mi padre no le gustaba nada delegar, tal y como demuestra que a su edad siguiera siendo director de por lo menos tres departamentos. Con una compañía tan grande como ésta, es imposible encargarse de tres departamentos y de la dirección general a la vez. Por eso, yo estoy intentando contratar a los mejores para que me ayuden.

– Me halagas.



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