
– Es la verdad. Estás aquí porque eres buena. Necesito gente creativa. Ya sabes que no es mi punto fuerte.
– No es frecuente encontrar a un hombre capaz de admitir sus puntos débiles -sonrió Samantha.
– Samantha, aprobé marketing gracias a ti.
– Bueno, tú me ayudaste un montón con la contabilidad, así que estamos en paz.
Mientras hablaba, se había movido y Jack se fijó en cómo los pantalones le abrazaban las caderas. Las otras candidatas, que también tenían un currículum buenísimo, habían ido a la entrevista ataviadas con traje de chaqueta.
Samantha, no.
Aunque iba vestida de colores conservadores, no tenía nada de normal y corriente. A lo mejor, era el broche en forma de loro verde que llevaba en la solapa de la chaqueta o los enormes pendientes en forma de aro que le colgaban casi hasta los hombros o, tal vez, que su melena pelirroja y salvaje parecía tener vida propia.
Lo que estaba claro era que no era la típica mujer de negocios. Era una mujer que siempre estaba a la última y que era increíblemente creativa. Además, era muy independiente, algo que le inspiraba mucha admiración a Jack.
– ¿Por qué te fuiste de Nueva York? -le preguntó.
– Porque me apetecía cambiar un poco. Llevaba trabajando en esta ciudad desde que terminé la carrera.
Jack la estudió mientras hablaba, buscando detalles. Encontró muchos, pero ninguno que lo preocupara. Sabía que se acababa de divorciar y que su anterior jefe había hecho todo lo que había estado en su mano para que no dejara su empresa.
– Supongo que sabrás que éste es el trabajo soñado por mucha gente -comentó Samantha-. Lo que tú ofreces es tener el control creativo completo del departamento de desarrollo de Internet, con más de un millón de dólares de presupuesto. ¿Quién se podría resistir a una cosa así? Para mí, es el paraíso.
– Me alegro porque para mí es el infierno -contestó Jack.
Samantha sonrió y Jack sintió que se tensaba.
