– Veo que te interesa el trabajo.

– Ya te dije al principio que para mí este trabajo sería como estar en el paraíso y no lo decía como cumplido. Me encantaría ocuparme del departamento de Internet.

El entusiasmo de Samantha era palpable y contagioso y Jack estaba encantado. Sabía que Samantha era una persona que, cuando se ilusionaba con un proyecto, daba lo mejor de sí misma.

Lo había sorprendido gratamente ver su nombre en la corta lista de candidatos para el puesto porque habían trabajado muy bien juntos durante la carrera y sabía que era una mujer con la que era fácil trabajar en equipo y en la que se podía confiar.

– Si lo quieres, el trabajo es tuyo -le dijo-. La oferta formal te llegará a través del departamento de recursos humanos mañana por la mañana.

Samantha lo miró con sus grandes ojos verdes muy abiertos.

– ¿Hablas en serio?

– ¿Por qué te sorprendes tanto? Eres una mujer de talento, cualificada y, además, me siento muy cómodo trabajando contigo.

– Por cómo lo dices, cualquiera diría que soy un perro de rescate.

Aquello hizo sonreír a Jack.

– Si encuentras alguno que sepa manejar un ordenador…

Samantha se rió.

– Está bien, sí. Me interesa el trabajo, pero te advierto que soy una persona muy creativa y que quiero completo control sobre mi equipo.

– Trato hecho.

– No vamos a ir vestidos de chaqueta y corbata.

– Por mí, como si lleváis trajes de neopreno. Mientras hagáis vuestro trabajo, vestid como os dé la gana.

Samantha no estaba del todo convencida.

– Esto no es como el Derecho, Jack. Las respuestas no siempre están en los libros.

– No hace falta que me vengas con ese sermón -contestó Jack divertido-. Sé perfectamente que la gente creativa sois diferente. No hay problema.

– Muy bien, veo que estamos de acuerdo.



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