Samantha se puso en pie y Jack hizo lo mismo. Con tacones, solamente era un par de centímetros más baja que él. Jack dio la vuelta a su mesa y le tendió la mano.

– Déjale tu número de teléfono a la señorita Wycliff. El departamento de recursos humanos te llamará mañana a primera hora.

Samantha le estrechó la mano y, tal y como le había ocurrido al llegar, Jack sintió un cosquilleo seguido de una sensación de calor en la anatomía que había debajo de su cinturón.

Diez años después de haberse acostado con ella, Samantha Edwards tenía la capacidad de ponerlo de rodillas. Sexualmente hablando, claro. No tenía ninguna intención de que ella se diera cuenta. La relación que había entre ellos ahora era puramente laboral.

– ¿Cuándo puedes empezar? -le preguntó acompañándola a la puerta.

– La semana que viene -contestó Samantha.

– Muy bien. Me gusta tener una reunión con los empleados todos los martes por la mañana. Espero contar contigo para la próxima.

– Jack, quiero que sepas que estoy encantada con esta oportunidad y que mi intención es que mi fichaje sea bueno para la empresa.

– No lo dudo.

Samantha lo miró a los ojos.

– ¿Sabes? Yo sí tenía mis dudas, no sabía si me ibas a considerar para el puesto. Lo digo por nuestro pasado.

Jack fingió que no sabía de lo que le estaba hablando.

– ¿Lo dices porque nos conocemos de la universidad?

– No -contestó Samantha.

Jack esperó.

Samantha se sonrojó, pero no bajó la mirada.

– Lo digo por lo que sucedió aquella noche entre nosotros. Cuando… -carraspeó-. Bueno, ya sabes…

– Agua pasada -dijo Jack.

Lo cierto era que nunca había sido un hombre de estar constantemente rememorando el pasado. Ni siquiera las ocasiones especiales; ni siquiera si esa ocasión especial había sido una noche que lo había hecho creer en los milagros.

Posiblemente, porque cuando había amanecido se había enterado de que los sueños eran para los tontos y de que los milagros no existían.



7 из 114