
El criado regresó y lo seguí a través de la casa hasta la terraza. Un hombre de torso descomunal estaba sentado en una silla de ruedas y se cubría las piernas con una manta ligera de color gris. Su cabeza era grande y estaba poblada de pelo negro salpicado de canas, sin patillas. Sus facciones eran muy acentuadas y tenía una gran nariz carnosa y lóbulos alargados.
– El señor Dixon -dijo el criado y lo señaló.
Dixon se mantuvo impávido a medida que me acercaba. Simplemente contemplaba las colinas. No había libros ni revistas, ni el menor indicio de papeleo, radio portátil o televisor, sólo las colinas como objeto de contemplación. Sobre su regazo dormitaba un gato amarillento. En la terraza no había nada más, ningún mueble, ni siquiera una silla para mí.
Me di cuenta de que en ese sector de la casa ya no oía las tijeras de podar.
– Señor Dixon -dije. El hombre se volvió, mejor dicho sólo giró la cabeza porque el resto de su persona permaneció inmóvil. Me miró-. Soy Spenser -añadí-. Me han avisado que quería hablar conmigo para encargarme un trabajo.
Cuando estuvimos cara a cara, vi que su rostro era muy definido. Tenía el aspecto que un rostro debe tener, pero parecía una escultura artística, aunque carente de inspiración. No había plasticidad en ese rostro, no daba la sensación de que la sangre circulara en su interior ni que los pensamientos discurrieran detrás de la frente. Era pura superficie: exacto, detallado y carente de vida.
Pero debería exceptuar los ojos, que gruñían de vida y decisión, o algo parecido. Entonces no supe exactamente de qué se trataba y ahora lo sé.
Yo permanecía de pie. Dixon seguía mirando. El gato continuaba durmiendo.
– Spenser, ¿hasta qué punto es bueno?
– Todo depende de para qué quiere que sea bueno.
– ¿Hasta qué punto es bueno haciendo lo que le encomiendan?
