– En tal caso, más bien mediocre -respondí-. Es uno de los motivos por los que no duré en la policía.

– ¿Hasta qué punto es capaz de resistir cuando las cosas se ponen difíciles?

– En una escala de uno a diez, diez.

– Si lo contrato para que haga algo, ¿abandonará en mitad del trabajo?

– Depende. Por ejemplo, si al empezar me plantea tonterías y después me entero de que me ha tomado el pelo, podría devolverle el fardo.

– ¿Qué es capaz de hacer por veinte mil dólares?

– Señor Dixon, ¿pretende que juguemos a las veinte preguntas hasta que adivine para qué quiere contratarme?

– ¿Cuánto cree que peso? -preguntó Dixon.

– Ciento doce, ciento catorce kilos -repliqué-. Pero no veo qué hay debajo de la manta.

– Sólo peso ochenta y dos kilos. Mis piernas son como dos cuerdas atadas a un globo.

No respondí.

Sacó una fotografía mate de 20x25 de debajo de la manta y la extendió hacia mí. El gato despertó y, molesto, bajó de un salto. Agarré la fotografía. Mostraba a una cuarentona guapa y a dos chicas bien educadas y próximas a los veinte años. Tal vez habían estudiado en Vassar o en Smith. Me dispuse a devolverle la fotografía, pero Dixon sacudió la cabeza, una vez a la izquierda y otra a la derecha.

– No, guárdela -dijo.

– ¿Es su familia?

– Lo era, hasta que hace un año, en un restaurante de Londres, una bomba las convirtió en hamburguesas. Recuerdo que el pie izquierdo de mi hija estaba en el suelo, a mi lado, separado del resto de su cuerpo, sólo su pie, con el zapato de suela de corcho aún puesto. Le había comprado esos zapatos aquella misma mañana.

Como la expresión «lo siento» no sonaba bien en una situación semejante, ni siquiera intenté decirla. Pregunté:

– ¿Fue así como acabó en la silla de ruedas?

Dixon asintió con la cabeza, una vez para abajo y otra para arriba.

– Pasé casi un año en el hospital.

Su voz era como su rostro: llana, definida e inhumana.



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